26 SEPTIEMBRE 2018 - HOMILÍA, SAN RAMÓN

26 DE SEPTIEMBRE DE 2018 - HOMILÍA, SAN RAMÓN, PERÚ
Pbro. Luis Alfonso Tapia Ibáñez

 

 

Cuando concluyó el proceso diocesano de beatificación de la hermana Aguchita, en la misa de clausura, compartíamos un poco la actualidad de su testimonio y eso es lo que quiero compartir con ustedes ahora de una manera más ordenada: ver el paralelismo entre lo que Dios nos va pidiendo como Iglesia, por medio del Santo Padre y por medio de los distintos sínodos que se han ido reuniendo en estos años.

 

El Papa empezaba retándonos como Iglesia con el documento “Evangelii Gaudium”, la alegría del Evangelio: veíamos que el Papa nos invitaba a evangelizar, a salir a las periferias. Cuando íbamos escuchando los testimonios de las personas que habían conocido a la hermana Aguchita veíamos que eso es lo que ella había estado haciendo.

 

Esas experiencias nos contaban que en la “Parada”, esa zona brava donde no entra cualquiera, ella entraba sola y salía llena de cachivaches de comida para las internas de su colegio; esa capacidad de hablar con aquella gente y cómo todos la querían y buscaban; esa mujer entradora como diríamos hoy, no sólo para pedir, que a veces somos buenos para pedir, sino para acercar a las personas a Dios y como en todo el trabajo que hacía: ir a comprar a la “Parada”, atender a las niñas, el tiempo que estaba también apoyando en la formación. Tenía esa capacidad de buscar a las personas para acercarlas a Dios, los cercanos y los lejanos; esa capacidad de acercarse a las personas más pobres y más necesitadas. La famosa frase del Papa en el Conclave: “Quiero una iglesia pobre y para los pobres” Aguchita ya lo ha vivido.

 

El Papa después nos regaló un año para la vida consagrada. El primer documento que regaló a las religiosas se titulaba: “Alégrense”. Una de las notas características de Aguchita, que se ve claramente en las fotos y en los testimonios de todos, es esa alegría sencilla. No una alegría forzada ni una sonrisa de propaganda, sino una alegría sencilla que nace de su corazón. Cuando se van leyendo los distintos escritos que ella tiene, vemos que es una alegría trabajada. No es una alegría meramente espontánea. Desde sus primeros retiros, en sus notas, se lee como ella se propone ser una alegría y una sonrisa de Dios para los demás.

 

Lo mismo podemos decir del “Año de la misericordia”; “Cristo rostro del Padre”: es la carta que nos regalaba el Papa para convocar al “Año de la misericordia”; y Aguchita en su vida fue precisamente ese rostro misericordioso de Cristo para las personas que encontraba.

El Papa, aunque me salte al final, en el último documento nos dice que cada uno de nosotros estamos llamados a ser santos y a reflejar un aspecto de Dios en el momento en que nosotros nos encontramos. Precisamente uno de sus aspectos de Dios en el momento que Aguchita vivió fue la misericordia. La misericordia con esas mujeres que se ganaban la vida batallando y luchando en la “Parada”, aquellas mujeres a quienes fue enseñando a cocinar, a coser y a bordar; esas niñas a quienes les iba enseñando también lo mismo. Y después, el último tiempo de su vida, en la misión. 

 

El Papa nos regaló después “Laudato Siʹ”. Sabemos que Aguchita era amante de la naturaleza, los seminaristas la llaman “la hermana lechuga” por la foto de la lechuga. Cómo disfrutaba, precisamente en la Florida, en el contacto con la naturaleza. Y sabemos que ella era recicladora, pero de verdad. Ahora los niños dicen “reciclaje” dentro del curso de arte, van a comprar esto, van a comprar el otro… ¿Dónde está el reciclaje si todo está comprado? Pero sí, nos sorprendió que en los testimonios que nos daban tanto algunas señoras de Lima, como otras de la Florida, la hermana efectivamente les enseñara a reciclar. Les enseñaba a aprovechar unas telas para hacer no sé qué, a deshacer una chompa para hacer un chaleco y un montón de cosas que les iba enseñando: cómo se cultiva esto, como se cocina esto; como les iba enseñando, a partir de lo que Dios nos ha dado por medio de la naturaleza, vamos sacando provecho, porque para eso Dios nos lo ha dado. Les enseñaba ese respeto, a no ensuciar las cosas, a cuidar; también en esto Aguchita fue precursora.

 

El Papa nos regaló otros sínodos sobre la familia y consecuencia de estos 2 sínodos, la Exhortación “La alegría del amor”. Sabemos también la preocupación de Aguchita “amiga y cuidadora de las familias”. Todos los que han ido a declarar, todos decían lo mismo: era una amiga de la familia, era alguien que entraba en casa con confianza, porque era amiga de la casa. Amiga y cuidadora de las familias.

 

Y el último documento que nos ha regalado el Papa: “Alégrense y exulten”, la invitación de todos a la santidad. Nosotros no estamos haciendo que Aguchita sea santa, ella ya vivió así; y cuando el Papa habla de ese santo de la puerta de al lado, decimos que Aguchita fue de esos santos sencillos y alegres. Cuando el Papa habla de ese rostro femenino de la santidad repetimos: “Aguchita fue una de éstas y fue además sembradora de santidad entre mujeres y niñas en lugares perdidos y recónditos donde a veces decían “Dios nos ha abandonado”.

 

Ella fue ese rostro de misericordia para todas aquellas mujeres, todas aquellas niñas, todas aquellas jóvenes; algunas ya madres de familia, otras abuelas y otras que ya están en el cielo con ella. No sólo ella buscó la santidad sino que fue sembrando semillas de santidad sencilla y alegre, como ella, en las pequeñas cosas de cada día.

 

El Papa habla también, en este documento, de la santidad de los mártires. Se dio en su vida lo que ya decía en el año 60, si no recuerdo mal, “el martirio no se improvisa”. 30 años después fue una realidad y ella no improvisó su martirio, ella sabía dónde iba y quería ir allá. Quería ir a la misión quería ir a las periferias, incluso dispuesta a entregar su vida y cómo estaba preparada, estaba madura, Dios se la llevó.

 

Una de las cosas que me impresionó cuando estuvimos en Lima, la pena es no haberlo grabado, es el momento después de abrir el cajón cuando pasaron todas las hermanas mayores, algunas están por aquí. ¡La cara de ustedes!, algunas mojadas con lágrimas ¡cuánto sufrimiento han pasado! ¡sólo Dios lo sabe! Ese sufrimiento de estos casi 30 años ya, no ha sido un sufrimiento estéril. Hoy para nosotros nuevamente se cumple el Evangelio: la última palabra es Cristo y Cristo resucitado.

 

Lo que en aquel momento fue de intenso y largo dolor, hoy se convierte para nosotros en un momento intenso y mucho más prolongado en el tiempo de alegría, de gozo, porque está con el Señor; y es para nosotros un acicate y un ejemplo, un empuje en nuestra vida; esa parresía (hablar libre y atrevidamente) de la que habla el Papa, esa capacidad de no arrugarse frente a las dificultades, de salir adelante, pase lo que pase, y suceda lo que suceda. Porque nuestra confianza no está puesta en nosotros. Cuando abríamos el cajón decíamos: “mira en lo que acabamos”. Nuestra confianza está puesta en el Señor.

 

Aguchita era una gran orante, pasaba muchas horas orando. El Papa en “Gaudete et Exsultate”, nos invita no sólo a pedirle a Dios, que también le gusta que le pidamos como padre qué es, sino a pedirle por los demás. Y es una gracia que le agradezco a Dios de Aguchita. Cuántas veces nos dicen a los padres: “padre rece usted por mí que está más cerca de Dios”, bueno cómo será eso, “no te preocupes qué voy a rezar por ti”. En la misa pido por todos y se acabó. Pero cuando después varias hermanas iban comentando que Aguchita les decía: “no, siéntate acá, vamos a rezar, vamos a rezar por fulano, vamos a rezar por mengana, vamos a rezar por zutano, vamos a rezar por perengano, vamos a rezar por esta señora qué le está pasando esto… esa capacidad de intercesión concreta, de decir yo no puedo cambiar la vida de ellos, yo no puedo salvarlos, pero puedo presentarlos ante el Señor en mi oración. ¡Eso lo podemos hacer a todos!, el que está sano y el que está enfermo, el que tiene grandes cualidades y el que tiene pocas, el que es joven y quiere comerse el mundo y el que es anciano y le flaquea todo y no tiene fuerzas. 

 

Aguchita es para nosotros por lo tanto, repito, un aldabonazo en nuestra vida que nos grita que se puede ser santos en las pequeñas cosas de cada día. Estamos llamados a ser santos en las pequeñas cosas de cada día. Si algún día nos suben a una peana, Dios quiera que no, no sabemos, pero podemos ser como esos santos de la puerta de al lado, esos santos de las pequeñas cosas de cada día, esos santos y santas que ponen su confianza, no en sus cualidades, sino en Dios y por eso, como ella, lo buscan en la oración y lo encuentran en la creación, lo encuentran en los demás, lo encuentran en la palabra de Dios porque toda su vida está llena de Dios.

 

Cuando preguntábamos a las personas, yo a veces un poquito metía cizaña y decía: “¿Y la hermana nunca se amargaba?”, hasta que encontramos una que dijo una vez “sí”. Cuándo después hemos ido leyendo sus escritos nos hemos dado cuenta que esto no es casualidad. La hermana no era buena, porque era buena, no era alegre porque nació alegre. No era sacrificada porque nació sacrificada. La hermana se fue haciendo, con esfuerzo, con constancia, con fatiga, con sacrificio. Lean el libro blanco cuando habla del sacrificio, cuando habla del sufrimiento, cuando habla de la cruz, está hablando de lo que hablan los santos: cosas que uno lee y dice: “esto lo dejo para otro día” o “me salto esta página mejor”. Aguchita no fue casualidad, ni es una coincidencia su martirio. Las circunstancias externas son lo de menos. Ella fue respondiendo a la gracia de Dios en las pequeñas cosas de cada día y si ella ha podido, también nosotros podemos. Ella pudo con la gracia de Dios, también nosotros podemos con la gracia de Dios.

 

Por eso te damos gracias Aguchita y te pedimos que desde el cielo sigas empujándonos como has hecho en la vida, animándonos como has hecho en la vida, alegrándonos como has hecho en la vida, sonriendo y acogiendo como hiciste con todos cuando estabas aquí en esta vida.

El día que Dios quiera nos encontraremos todos contigo en el cielo.